El tio Robinson
El tio Robinson El rostro del marino palideció. Tal vez esa caja de fósforos se había caído en el bote cuando usaron la marinera para cubrir a los niños.
Buscó en el bote, rastreó en todos los rincones, bajo la cubierta, entre las cuadernas. Nada. Evidentemente la caja se había perdido.
La situación era gravísima. La pérdida de esa caja era irreparable. ¿Qué harían sin fuego? Flip no pudo contener un gesto de desesperación. La señora Clifton se le acercó; había entendido lo que pasaba. Sin fósforos, ¿cómo hacer un fuego? Flip podía sacar chispas a un pedernal con su cuchillo, pero le faltaba la yesca. Un trapo quemado podría haber servido de yesca, pero ¿cómo quemarlo sin fuego? En cuanto al medio empleado por los salvajes, que consiste en obtener el fuego mediante la frotación de dos pedazos de madera seca, había que renunciar a él porque no solamente ese procedimiento exige una madera especial de la que Flip no disponía, sino que la frotación exige una gran práctica.
Flip se quedó pensativo. No se atrevía a dirigir la mirada a la señora Clifton y a sus desafortunados niños, esas pobres criaturas que tiritaban de frío. La señora Clifton había regresado al pie del acantilado.
—¿Y ahora, Flip? —preguntó Marc.
—¡No tenemos fósforos, señor Marc! —respondió Flip bajando la voz.