El tio Robinson
El tio Robinson —Aquí hay —respondió Robert.
Flip tomó el papel que le tendía el muchacho y se dirigió hacia el montón de leña. Tuvo otras precauciones: amontonó bajo los leños unos puñados de hierbas secas y de musgos que había recogido al pie del acantilado. Los dispuso de modo que el aire pudiera circular fácilmente y encender rápido la leña seca; luego preparó el pedazo de papel en forma de cucurucho, como hacen los fumadores cuando hay fuertes vientos.
Entonces tomó el fósforo y, para frotarlo, levantó una piedra bien seca, una especie de guijarro chato y rugoso. Después, acuclillándose en la parte baja del acantilado, en un ángulo bien protegido, mientras Marc con un exceso de precaución acercaba su sombrero a una corta distancia del muro, frotó suavemente el fósforo sobre el guijarro.
La primera vez no se encendió. Flip no había raspado con la fuerza suficiente por miedo de arruinar el fósforo. Retenía la respiración y habrían podido contarse los latidos de su corazón.
Frotó una segunda vez y entonces surgió una tenue llama azulada que despedía un humo acre; giró el fósforo y lo metió dentro del cucurucho de papel. El papel se prendió en unos segundos y Flip lo introdujo bajo el montón de musgo y de hierbas. Unos instantes más tarde los leños crepitaban, y una llama alegre, activada por la brisa, se expandía en medio de la oscuridad.