El tio Robinson

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—Esta noche no va a ser fácil —respondió el marino—, pero mañana encontraremos algún coco o alguna calabaza y yo me encargaré de fabricar con ellos unos utensilios de cocina.

—¿Recipientes que se podrán poner en el fuego? —preguntó vivamente la señora Clifton.

—Si el fuego no va por debajo irá por adentro —respondió, imperturbable, el marino— y vendrá a ser lo mismo. Emplearemos el método de los salvajes; calentaremos piedras y las meteremos en las calabazas llenas de agua, y así obtendremos agua hirviendo.

¡Tenga confianza, señora, tenga confianza! ¡Se sorprenderá de lo que se puede hacer cuando no hay más remedio!

La señora Clifton y Flip se habían reunido con los niños quienes atizaban el fuego; el humo subía en la sombra, arrastrando un haz de destellos chispeantes. Era como un juego de artificios que maravillaba a los dos más chicos; Jack había agarrado un tizón encendido y, agitándolo, se divertía en trazar círculos de fuego en el aire. Marc y Robert acomodaban la leña para la noche, la señora Clifton preparaba la comida, y pronto cada uno tuvo su parte de galleta y de carne salada. En cuanto a la bebida, fue el agua del río. Como la marea estaba bastante baja, el agua había perdido por completo su gusto salobre.


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