El tio Robinson
El tio Robinson Pese al clima familiar de sosiego, Flip seguía preocupado. La noche amenazaba ser lluviosa y él temía que la familia no tuviera suficiente abrigo. Decidió visitar la cara oeste del acantilado cuya prolongación formaba la costa. Esperaba encontrar allí alguna caverna; suponía que las olas, al azotar constantemente esa pared, podían haber formado una cavidad. El mar ya se había retirado bastante; Flip bajó por la ribera hasta la desembocadura del río, giró a la izquierda y siguió el litoral que se extendía entre el pie de la alta muralla y las rompientes de alta mar. Caminó varios centenares de metros observando atentamente este basamento rocoso, pero su superficie lisa y pulida por el oleaje, no ofrecía ninguna abertura.
Flip regresó metido en sus cavilaciones mientras masticaba un pedazo de galleta.
—Es un nido lo que necesitan —pensaba.
Un nido, en efecto. Ya habían empezado a caer unas finas gotas de lluvia. Fuertes ráfagas de viento pulverizaban los vapores condensados. Los nubarrones hacían la noche todavía más negra. Se oía el bramido del mar sobre los escollos y la resaca producía un ruido parecido al retumbar del trueno.