El tio Robinson

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Además, Flip excavó en la arena, debajo del bote, una canaleta y con la arena que había sacado formó una defensa para impedir que entrara la lluvia.

Para terminar, los niños y él recogieron en unos instantes una cantidad apreciable del musgo que tapizaba la parte inferior del acantilado; del tipo de las briófitas[23] con apariencia de tallo y hojas de color pardo, constituyen el musgo de roca por excelencia. Cubrieron con ese edredón natural el fondo de arena y lo convirtieron en lecho mullido. Flip estaba encantado y no ahorraba su entusiasmo.

—¡Tenemos una casa! ¡Una verdadera casa! —repetía.

—¡Estoy empezando a creer que nos equivocamos acerca del destino de los botes: son techos y sólo los damos vuelta cuando queremos navegar! ¡Vamos, vamos, mis queridos señores, al nido, al nido!

—¿Y quién vigilará el fuego? —preguntó la señora Clifton.

—¡Yo, yo! —respondieron simultáneamente Marc y Robert.

—No, mis queridos amigos, déjenlo por mi cuenta —respondió el honesto Flip—, permítanme que en esta primera noche sea yo el que se encargue de cuidarlo. Más adelante organizaremos nuestra guardias.

La señora Clifton quería compartir esta tarea con Flip, pero él no aceptó y hubo que obedecerlo.


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