El tio Robinson
El tio Robinson Pronto se empezó a sentir el olor delicioso de las costeletas asadas; la madre, presurosa, había dispuesto sus platos, es decir las coquilles Saint-Jacques. Hacía buen tiempo y los comensales, protegidos por el acantilado, sobre la arena fina, se reunieron alrededor del hervidor. Los mejillones, aunque figurasen en el menú de ordinario, tuvieron su éxito habitual; las costeletas de carpincho fueron declaradas sin rival en el mundo. Si se le cree al honrado Flip, ¡nunca había gozado de una comida semejante! Más que comerla la había devorado.
Cuando los comensales hubieron calmado el hambre, la señora Clifton rogó a Flip que hiciera el relato de su exploración. Pero el marino quiso que lo hiciera su joven compañero de ruta. Robert contó muy bien lo que había pasado durante la excursión, de manera un poco impetuosa, con frases demasiado cortas e insuficientemente ligadas, pero pudo describir, en suma, el paseo en el bosque, la cacería de las currucas, la captura del carpincho, el regreso por el lago y el acantilado del sur. Aludió con mucha gracia a su torpeza y a sus arrebatos, y soslayó su «triunfo» en la lucha memorable con el roedor anfibio. Flip también intervino, completando el relato.