El Volcán de oro
El Volcán de oro Aquello estaba dicho con tanta resignación, o mejor, con tanta confianza en la bondad divina, que Summy Skim y Ben Raddle se sintieron profundamente conmovidos. Después hablaron de aquella lejana ciudad de Dawson City, de las largas etapas a través de la región lacustre y de los territorios del Yukón, de las dificultades del transporte, de aquel penoso viaje en trineo sobre la nieve endurecida de las llanuras, sobre la superficie helada de los lagos. Cuando las religiosas llegaran a su destino, todos los impedimentos, todas las dificultades serían olvidadas. Aquélla era su tarea, y tendrían la satisfacción del deber cumplido cualesquiera que fuesen las temibles epidemias y las peligrosas enfermedades que las religiosas tendrían que atender día y noche. Su vida pertenecía a los desgraciados, a los afligidos, a todos los que sufrían, y era necesario poder llegar a ellos en el hospital de Dawson City, cuya superiora había solicitado nuevas religiosas. Ésa era la razón por la cual sor Marta y sor Madeleine buscaban la manera de procurarse medios de transporte compatibles con los escasos recursos de que disponían.
—¿Son ustedes canadienses? —preguntó Summy Skim.
—Francocanadienses —respondió sor Marta—. Pero no tenemos familia, o más bien sólo tenemos a la gran familia de los desgraciados.