El Volcán de oro

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A la llegada de la caravana, Bill Stell fue recibido por su capataz, que vivía en la casa con algunos hombres, canadienses como él. Habitualmente trabajaban como pilotos para conducir los barcos de lago en lago, hasta el curso del Yukón. Uno podía fiarse de su habilidad; conocían las necesidades de aquel tipo de navegación, difícil incluso cuando se había producido el deshielo.

Como el aire era muy vivo, Summy Skim, Ben Raddle y las religiosas se sintieron muy satisfechos de poder alojarse en la casa del Explorador, cuyas mejores habitaciones fueron puestas a su disposición. Entre el interior y el exterior de la casa, la diferencia de temperatura era de más de veinte grados centígrados. En cuanto a la estancia, no se prolongaría más allá de veinticuatro horas. Los barcos estaban listos para recibir los bagajes, y respecto a las provisiones, el embarque se haría en el lago Benett en las condiciones más favorables.

En primer lugar, sor Marta y sor Madeleine se retiraron a su pequeña habitación, caldeada con una estufa, y mientras las conducía allí, Summy Skim les aseguró que, en lo referente al viaje entre Scagway y Dawson City, lo más duro ya había pasado.

Pero cuando regresó a la sala común, el Explorador, que lo había oído, se sintió en la obligación de decirle:


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