El Volcán de oro
El Volcán de oro —Quizá sea debido a lo riguroso del invierno —dijo el ingeniero.
—Eso es lo que creo, monsieur Ben —respondió el Explorador—. El frÃo ha sido tan intenso que las heladas han llenado de baches la tierra.
—También hay que prestar atención a las avalanchas —recomendó Lorique—. PodrÃa haber un desprendimiento de rocas en los flancos de esta garganta.
Eso fue lo que se produjo en dos o tres ocasiones, en efecto. Enormes masas de cuarzo y de granito, desequilibradas por los derrubios, rodaban a saltos por los taludes, rompiendo y destrozando los árboles que encontraban a su paso. Poco faltó incluso para que una de las carretas fuera destruida, junto con su tiro, por aquellas pesadas masas.
Durante dos dÃas las etapas fueron de lo más penosas y el camino recorrido no alcanzó la media habitual. Por ello se produjeron algunos retrasos contra los que protestaban Ben Raddle y el capataz, pero que Summy Skim acogÃa con una calma filosófica.
—El Golden Mount, si existe, estará allà lo mismo en quince dÃas que en ocho —decÃa—, y además cuento con que nos tomaremos un bien merecido descanso al llegar a Fort Macpherson. Después de un trote como éste se nos permitirá tumbarnos en la cama de algún buen hospedaje.