El Volcán de oro
El Volcán de oro —¡Si es que hay hospedaje en Fort Macpherson! —respondió Ben Raddle, que no se quejaba de haber tenido que acampar al aire libre desde hacÃa tres semanas.
—¿Hay albergues? —preguntó Lorique al Explorador.
—No —respondió Bill Stell—. Fort Macpherson sólo es un puesto de los agentes de la CompañÃa, una plaza fortificada contra los indios, pero sà que hay habitaciones.
—Si hay habitaciones, eso significa que habrá camas —replicó Summy Skim—. No me importarÃa estirar las piernas durante dos o tres buenas noches.
—Lo primero es llegar allà —respondió Ben Raddle—, sin detenernos en paradas inútiles.
La caravana, pues, avanzó tan rápidamente como lo permitÃan las revueltas y los obstáculos de los desfiladeros. Pero recuperarÃa una velocidad más rápida en cuanto pasaran más allá de aquel extremo de la cadena de montañas que bordea el valle del rÃo Peel.
Sin embargo, antes de alcanzarlo, el Explorador tuvo que librarse de un mal encuentro, aunque Summy Skim se sentÃa inclinado a calificarlo de muy distinto modo.
Al salir del desfiladero, el Explorador decidió detenerse a la orilla del rÃo Peel bajo las copas de los grandes pinos marÃtimos agrupados en la orilla izquierda.