El Volcán de oro
El Volcán de oro La bajada se realizó sin dificultad. La tarde de aquel día fue tan buena como la mañana. Incluso reinaba un calor poco habitual en aquellas altas latitudes, y parecía que se hallaban en pleno verano en las tierras bajas del Dominio. Pero en fin, aunque hiciera tanto calor como en Green Valley, como se decía para sí Summy Skim, Green Valley estaba lejos, y aunque el Golden Mount hubiera sido diez veces, cien veces, mil veces más alto no se hubiera podido divisar Montreal a quinientas leguas de distancia hacia el este, ni siquiera con uno de aquellos catalejos que ponen la luna al alcance de la mano.
Pero Summy Skim no dijo nada. Se acercaban al desenlace de aquella campaña, cualquiera que fuese, y antes de mediados de septiembre la caravana estaría seguramente de vuelta a Klondike.
Hacia las cinco, Ben Raddle y sus compañeros estaban de vuelta en el campamento, donde se dejó el retorno al trabajo para el día siguiente.
La cena fue de lo más agradable. Neluto había podido abatir algunas buenas piezas de caza durante la ausencia de Summy Skim. Sin embargo, antes de retirarse a descansar bajo la tienda, Summy Skim no pudo impedir hacer una reflexión:
—Querido Ben, ¿y si con tu inundación apagáramos el volcán?