El Volcán de oro

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Ciertamente, tenía muchas ganas de iniciar de inmediato la cacería. Pero era ya tarde y dejó el proyecto para el día siguiente.

Lo principal era que aquellos rumiantes hubieran aparecido por los alrededores, donde sabrían cómo encontrarlos.

Después de haberse reunido con Ben Raddle, Summy Skim le dio a conocer sus intenciones. Como no faltaban brazos para excavar el canal, el ingeniero no tuvo inconveniente en prescindir de Neluto durante una jornada. Se convino, pues, que los dos cazadores saldrían hacia las cinco de la mañana para encontrar los rastros de los alces.

—Pero me prometerás, Summy, que no te alejarás demasiado —observó Ben Raddle.

—Esa recomendación se la tendrías que hacer a los alces —respondió Summy Skim riendo.

—No, Summy, te la hago a ti. No te vayas a despistar a algunas leguas del campamento. No quiero que nos veamos obligados a interrumpir el trabajo para ir en tu búsqueda. Además, hay que cuidarse de los malos encuentros.

—No, Ben, el territorio es seguro, precisamente porque está desierto.

—De acuerdo, Summy, pero prométeme que estarás de vuelta por la tarde.

—Digamos al anochecer, Ben.


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