El Volcán de oro

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—En estas latitudes, el anochecer dura la mitad de la noche —dijo el ingeniero—. No, Summy, si no has vuelto antes de las seis voy a estar preocupado.

—De acuerdo, Ben, de acuerdo —respondió Summy Skim—, a las seis, más el cuarto de hora de cortesía.

—A condición de que tu cuarto de hora sea de quince minutos.

En definitiva, para Ben Raddle siempre era de temer que su primo, una vez que se lanzara a la caza de los alces, se dejara llevar más allá de lo conveniente. Había razones para felicitarse de que hasta entonces no hubiera aparecido en la desembocadura del Mackensie ninguna banda de indios. Pero la ocasión podía producirse cualquier día. Así, una vez terminada la campaña, y felizmente terminada, el ingeniero se apresuraría a tomar el camino de retorno a Klondike.

Al día siguiente, hacia las cinco de la mañana, Summy Skim y Neluto, armados con sendas carabinas de caza de largo alcance, cargados con provisiones para dos comidas y acompañados por su perro Stop, que jugueteaba a su lado ladrando, abandonaron el campamento.

El tiempo era bueno, incluso un poco fresco, aunque el sol ya había empezado a trazar su larga curva sobre el horizonte.


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