El Volcán de oro
El Volcán de oro Era evidente la convicción con la que se expresaba Ben Raddle, y Summy Skim no estaba presente para llevarle la contraria en su proyecto.
La jornada transcurrió en las condiciones habituales, y cuando llegó la tarde sólo quedaban por excavar cinco o seis toesas del canal. El tiempo había sido bueno, con alternancia de claros y nubes. Los dos cazadores no tendrían motivos de queja.
Sin embargo, hacia las cinco de la tarde aún no se había divisado a ninguno de los dos en la llanura del oeste. Es cierto que Summy Skim aún tenía tiempo de regresar sin faltar a su promesa. En varias ocasiones, el Explorador, adelantándose un centenar de pasos, se dirigió a ver si lo divisaba. Nadie. La silueta de los dos cazadores no se mostraba en el horizonte.
Una hora más tarde Ben Raddle comenzó a sentir cierta impaciencia, y se prometió amonestar a su primo.
Cuando dieron las siete, Summy Skim y Neluto seguían sin aparecer, y la impaciencia de Ben Raddle se transformó en inquietud, que se multiplicó una hora después, cuando los ausentes todavía no estaban de vuelta.
—Se han dejado llevar —repetía—. Cuando un animal está delante de él, ese diablo de Skim, con un fusil en la mano, no cuenta con nada ni con nadie. Se lanza, se lanza y no hay manera de detenerlo.
—Y cuando se persigue a un alce nunca se sabe hasta dónde te llevará el animal.