El Volcán de oro

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Es evidente que a partir de aquel momento los cazadores renunciarían a la caza, aunque los pescadores no renunciaban a la pesca, ya fuera en el río, ya fuera en las ensenadas del litoral, a fin de economizar las reservas de la caravana.

Es inútil decir que no se interrumpieron los trabajos del canal. Ya no se avanzaría por el lado de la montaña. Lo importante era que se pudiera llenar en toda su longitud, entre el río y el orificio de la galería excavado en el flanco del monte. Pero el ingeniero no emplearía las barrenas cuyas explosiones podrían ser escuchadas. Sólo se colocarían los cartuchos en el instante en que conviniera hacer saltar la pared que todavía separaba la galería de la chimenea del cráter.

Además, los síntomas eruptivos no parecían haberse incrementado. Ni había aumentado la intensidad de los ruidos interiores. Ni las llamas y vapores habían ganado altura y densidad. Podrían pasar semanas, incluso meses, antes de que el Golden Mount estuviera en plena erupción.

Toda aquella jornada, el Explorador y los suyos estuvieron en alerta. Los hombres permanecían en la parte más alejada del campamento. Para divisarlos hubiera sido necesario avanzar hasta la orilla izquierda del Rubber Creek, incluso hasta su brazo occidental, que limitaba con el delta del Mackensie.


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