El Volcán de oro
El Volcán de oro Antes de dejar Montreal, Summy Skim se había procurado la guía, llamada Short, que publican los servicios de la compañía del Canadian Pacific Railway. Si bien no podía visitar todos los lugares célebres señalados en el libro, al menos podía leer sus descripciones. Además, confiaba en el redactor de aquella guía a la hora de escoger hotel en las diversas estaciones donde se detenían. No era raro que fueran de primera categoría, de notable comodidad y excelente cocina, lo que cambiaba un poco la monotonía del comedor del tren, como por ejemplo el Skyte-House de la estación Field, o el Glacier-House, desde donde hay una vista magnífica sobre el macizo de Selkirk.
Por lo demás, a medida que el tren avanzaba hacia el oeste, otras regiones se abrían ante él, no ya aquellas ricas tierras feraces a las que el trabajo arranca buenos rendimientos de un suelo que la producción todavía no ha agotado. ¡No! Éstos eran los territorios de Kootaway, los Golden Fields de Caribú, donde se encontró oro y donde todavía se encuentra en abundancia por toda la red hidrográfica que arrastra pepitas del precioso metal. Había incluso motivos para preguntarse por qué los buscadores no frecuentaban más un país al que no era difícil llegar, en lugar de afrontar las fatigas de un lejano viaje a Klondike, sin hablar de los excesivos gastos que exige.