Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos -Efectivamente-respondí-, y que precisamente ha llegado a última hora.
-¡Sí, señor Jeorling! Pero ¡qué cabeza la de ese Hunt!
-He encontrado con frecuencia americanos de ese género en la región de Far-West-respondí-, y no me extrañaría que este de que hablamos tuviera sangre india en las venas.
-¡Bah!-dijo el contramaestre.-Hay compatriotas nuestros en Lancashire o en el condado de Kent que valen tanto.
-Lo creo, contramaestre. Usted entre otros.
-¡Eh! ¡Se vale lo que se vale, señor Jeorling!
-¿Habla usted alguna vez con Hunt?-pregunté.
-Poco, señor Jeorling. ¡Qué se puede sacar de un marsuino que no quiere trato con nadie, ni a nadie dirige la palabra!... Sin embargo, no es por falta de boca. ¡Jamás vi una semejante! Ya de, estribor a babor... Pues con tanta como tiene Hunt; no dice nada... Pues, ¡y sus manos! ¿Ha reparado usted en ellas? Desconfíe usted si quiere estrechar las de usted, señor-Jeorling... ¡Seguro estoy que dejaría usted cinco dedos entre diez!
-¡Por fortuna no parece amigo de cuestiones! Todo en él indica un hombre tranquilo que no abusa de su fuerza.