Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Durante veinte minutos, nuestra canoa costeó los arrecifes. Descubierto el paso por Hunt, penetramos por él a fin de tocar una estrecha abertura de las rocas. En el bote quedaron dos marineros. Aquel atravesó el brazo de una extensión de 200 toesas, y arrojó el bichero sobre las rocas a la entrada del paso.
Después de haber subido por la sinuosa garganta que daba acceso a la cresta de la ribera, nuestra gente, con Hunt a la cabeza, se dirigió al centro de la isla.
Mientras caminábamos, el capitán Len Guy y yo cambiamos nuestras impresiones con motivo del país, que, según Arthur Pym, “difería esencialmente de todas las tierras hasta entonces visitadas por hombres civilizados”.
Ya lo veríamos. En todo caso, lo que puedo decir es que el color general de las llanuras era el negro, como si estuvieran cubiertas por una capa formada por el polvo de lavas, y que en ninguna parte se veía nada que fuera blanco. A los cien pasos Hunt corrió hacia una enorme masa rocosa. Cuando estuvo junto a ella trepó con la agilidad de una cabra, y llegando a la cúspide, paseó sus miradas por una extensión de varias millas...
Hunt parecía estar en la actitud de un hombre que «no se reconocía allí».
-¿Qué hay?... - me preguntó el capitán Len Guy, después de haberle observado con atención.