Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Respecto a la población de Tsalal, ¿qué se había hecho de aquellos hombres casi desnudos, y algunos cubiertos de pieles negras, armados de lanzas y mazas, y de aquellas mujeres altas, bien formadas, dotadas de una gracia y un donaire que no se encuentran en la sociedad civilizada, para emplear las mismas frases de Arthur Pym, y de aquella multitud de niños que las acompañaban? ¿Qué había sido de aquel mundo de indígenas de piel negra, cabellera negra y dientes negros, y a los cuales el color blanco llenaba de terror?

En vano busqué la morada de Too-Witt, formada por cuatro grandes pieles sujetas con pernos de madera y fijas en tierra con pequeñas estacas. Ni aun el sitio en que debía estar reconocí. Y allí, sin embargo, era donde William Guy, Arthur Pym, Dirk Peters y sus compañeros habían sido recibidos, no sin muestras de respeto, mientras gran número de insulares se agolpaba fuera. Allí fue donde se les sirvió la comida en que figuraban entrañas palpitantes de un animal desconocido, que Too-Witt y los suyos devoraban con avidez repugnante. En aquel momento la luz se hizo en mi cerebro. Aquello fue como una revelación. Adiviné lo que había pasado en la isla; cuál era la razón de aquella soledad, la causa de la conmoción de que aun conservaba huellas el suelo.


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