Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos Terminada la comida, a las siete y media, y ya de noche, fuime a pasear por el puerto, por la parte edificada. El muelle estaba desierto. Las ventanas de la posada daban algo de claridad. Ni un hombre en tierra de la tripulación de la Halbrane. Los botes se habían reunido y se balanceaban a impulsos de la marea ascendente. Aquel schooner era como un cuartel, y los marineros tenían la consigna de acostarse al caer el sol, medida que debía de contrariar al hablador y bebedor Hurliguerly, muy amigo, en mi opinión, de recorrer las tabernas en el curso de las escalas. No le vi en los alrededores del Cormorán Verde. Permanecí en aquel sitio hasta las nueve. Poco a poco, la masa del navío desapareció en la sombra. Las aguas de la bahía no reflejaban más que la claridad del farol de proa, suspendido del palo de mesana.
Volví a la posada, en la que encontré a Fenimore Atkins fumando su pipa junto a la pnerta.
-Atkins-le dije.-Parece que el capitán Len Guy no gusta de frecuentar esta posada.
-Algunas veces viene, los domingos, y hoy es sábado, señor Jeorling.
-¿Le ha hablado usted?

-Sí-me respondió el hostelero con tono que indicaba una visible contrariedad.