Esfinge de los hielos
Esfinge de los hielos En efecto: un velo de bruma gris envolvía al iceberg. No se distinguía nada de su masa enorme, a no ser la anfractuosidad en la que la goleta estaba hundida, ni el lugar que ocupaba en medio de aquella flotilla en derivación hacia el Sudeste.
La más elementaria prudencia exigía evacuar la Halbrane, cuyo deslizamiento podía ser determinado por alguna brusca sacudida del ice-berg. ¿Estábamos siquiera seguros de la estabilidad de éste? ¿No se podía temer que diese otra vuelta? Y si la goleta caía en el vacío, ¿quién de nosotros hubiera podido salir sano y salvo de tal caída, y después del hundimiento final, en las profundidades del abismo?
En algunos minutos la tripulación abandonó a la Halbrane. Todos buscamos refugio sobre el talud, esperando que los vapores que cubrían al iceberg se disipasen. Los oblicuos rayos solares no lograban atravesarles, y apenas si el disco rojizo se distinguía al través de aquel montón de opacas vesículas que extinguían la luz.