Esfinge de los hielos

Esfinge de los hielos

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Por fortuna, aun había centenares de otros animales que nos hubieran garantido contra el hambre y contra la sed, en caso de necesidad. Sobre la arena se arrastraban en gran número las tortugas-galápagos, a las que se ha dado el nombre de un archipiélago del Océano equinoccial; y de las que habla Arthur Pym, y que servían de alimento a los insulares, semejantes a las que Dirk Peters y él encontraron en el fondo de la canoa indígena, cuando su partida de la isla Tsalal.

Estos bichos, enormes, de marcha pesada y cola de dos pies de largo, cabeza triangular de serpiente, pueden permanecer años sin comer. Aquí, a falta de apio, perejil y verdolaga silvestre, se alimentaban de las hierbecillas que crecían entre las piedras del litoral.

Si Arthur Pym se ha permitido comparar a las tortugas antárticas con los dromedarios, es porque, como estos rumiantes, tienen en el nacimiento del cuello una bolsa llena de agua fresca y dulce, que contiene dos o tres galones. Según su relato antes de la escena de la suerte, los náufragos del Grampus debían a una de estas tortugas no haber sucumbido de hambre ni sed.

A creerle, hay algunas que pesan de 1.200 a 1.500 libras. Las de Halbrane-Land no pasaban de 700 a 800; pero su carne era sabrosa y nutritiva.


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