Familia sin nombre
Familia sin nombre —He aquÃ, Sr. Nick, una visita inesperada, pero no menos agradable.
—Agradable sobre todo para mÃ, —respondió el descendiente de los hurones—. ¿Cómo estáis de salud, señorita… y vos, señor de Vaudreuil? Vuestro aspecto me dice que os encontráis perfectamente. Se conoce que el aire que se respira en esta villa es muy sano. Será preciso que me lleve un poquito a mi casa del Mercado del Buen Socorro.
—De vos depende hacer una buena provisión, Sr. Nick; venid a vernos más a menudo.
—Quedaos con nosotros algunos dÃas, —añadió Clary.
—¡Y mi estudio y mis actas! —exclamó el locuaz notario.
No me dejan tiempo para gozar de los placeres campestres.
Los testamentos no, porque se vive tantos años en el Canadá, que creo llegará un dÃa en que nadie se muera. ¡Es increÃble el número de octogenarios y aun de centenarios que existen por aquÃ! ¡Esto pasa los lÃmites ordinarios de la estadÃstica…! Pero los casamientos no me dejan un instante de reposo. Y a propósito: dentro de mes y medio estoy citado en Laprairie, casa de uno de mis clientes, de los mejores por cierto, para hacer el contrato de boda de su decimonono retoño.