Familia sin nombre
Familia sin nombre —Nunca lo he visto, —respondió el notario—, ni he visto tampoco a nadie que le conozca; pero no hay duda de que existe. Me lo figuro, como suelen pintarnos los héroes en las novelas; un joven de alta estatura, de nobles facciones, de simpática fisonomÃa y de voz seductora, como no sea algún buen patriarca, en el lÃmite de la vejez, arrugado y cascado por la edad; porque con esos personajes no se sabe nunca a qué atenerse.
—Sea lo que fuere, —respondió el señor de Vaudreuil—, ¡ojalá tenga pronto el pensamiento de ponerse a nuestra cabeza, y le seguiremos tan lejos como quiera llevarnos…!
—¡Eh, señor de Vaudreuil, puede ser que suceda antes de mucho tiempo! —exclamó el Sr. Nick.
—¿Qué decÃa? —preguntó Clary volviendo con viveza al centro del salón.
—Digo, señorita Clary… o, más bien, no digo nada… Es más cuerdo.
—Insisto, —repuso la joven—. ¡Hablad… hablad, os lo ruego!
—¿Qué sabéis?
—Lo que otros saben también, —respondió el Sr. Nick—; que Juan Sin Nombre ha vuelto a aparecer en el condado de Montreal; asà se dice, por desgracia.
—¡Por desgracia!, —repitió Clary.