Familia sin nombre
Familia sin nombre —Tal vez fuera mejor que buscásemos un refugio en la orilla opuesta.
—Ése es también nuestro parecer, —dijo Miguel.
—¿Y por qué? —preguntó Juan—. ¿Nuestra harca ha parecido acaso sospechosa a esos hombres? ¿Ha ocurrido alguna novedad durante la visita? ¿O es que pueden dudar de que yo pertenezca a la familia Harcher, como tú y como tus hermanos?
—¡Pues me parece que perteneces a ella de verdad! —exclamó Santiago, el más joven de los cinco, y que poseÃa un carácter muy alegre—. Nuestro buen padre tiene tantos hijos, que uno más no le estorbarÃa mucho, y bien podrÃa equivocarse en el número.
—Además, —añadió Tony—, te quiero como si lo fueras en realidad, y nosotros como si una misma sangre corriera por nuestras venas.
—Y asà sucede Juan. ¿No somos, como tú, de raza francesa? —dijo Remigio.
—Es cierto, —respondió Juan—. Sin embargo, creo que nada tenemos que temer por parte de la policÃa.
—¡Nadie se arrepiente nunca por haber tenido prudencia! —replicó Tony.
—No, sin duda, —respondió Juan—, y si es únicamente la prudencia el motivo que induce a Pedro a proponer que atravesemos el rÃo…