Familia sin nombre
Familia sin nombre —Doscientos fusiles.
—¿Y sables?
—Doscientos cincuenta.
—¿De dónde vienen…?
—Del Vermont. Nuestros amigos los americanos han trabajado bastante y no nos cuesta muy caro, sólo que han tenido mucho que hacer para transportarlo hasta el fuerte Ontario, en donde nos lo han entregado; pero ya se vencieron todas las dificultades.
—¿Y las municiones…?
—Llevo tres toneles de pólvora y algunos miles de balas.
Si cada una de ellas mata a un hombre, pronto veremos el Canadá limpio de uniformes encarnados. ¡Serán comidos por los comedores de ranas, como nos llaman los anglosajones!
—¿Y sabes, —preguntó Juan—, a qué parroquia están destinadas esas armas y municiones?
—Perfectamente, —respondió el marinero—. ¡No temáis, no hay miedo de que me sorprendan! Durante la noche, en la marea más baja, anclaré mi cage, y unas canoas vendrán a buscar cada cual su parte.
Pero os advierto que no voy más allá de Quebec, donde tengo que cargar mis maderas, a bordo del Moravian, con destino a Hamburgo.