Familia sin nombre
Familia sin nombre Y, sin embargo, ningún edificio se veía allí. Un solar lleno de ruinas, y nada más. Ruinas siniestras, ocasionadas, no por el tiempo, sino por alguna violenta acción. La duda era imposible, pues se veían piedras calcinadas, trozos de pared renegridos, pedazos de vigas medio quemados y montones de cenizas, blancos en aquellos momentos, decían bastante que en una época, relativamente remota, la casa había sido pasto de las llamas.
Un horrible pensamiento atravesó el espíritu de Juan.
¿Quién había encendido aquel fuego? ¿Sería obra de la casualidad, de una imprudencia, o de la mano de un justiciero?
Juan, irresistiblemente arrastrado, penetró en las ruinas y holló con los pies las cenizas amontonadas en el suelo.
Algunos murciélagos, asustados por el ruido de sus pasos, empezaron a revolotear alrededor de su cabeza. Era indudable que nadie entraba allí nunca. ¿Por qué dejaban subsistir aquellas ruinas en una parte de las más frecuentadas de la ciudad? ¿Cómo es que después del incendio ni siquiera se habían tomado el trabajo de quitar los escombros?
En los doce años que faltaba de allí, Juan no había oído decir nunca que la casa paterna había sido destruida y que no quedaba de ella más que un montón de piedras ennegrecidas por el fuego.