Familia sin nombre
Familia sin nombre Inmóvil, no cabiéndole el corazón en el pecho, pensaba en aquel triste pasado, y en el presente, más triste aún.
—¡Eh! ¿Qué hacéis ahÃ, caballero? —le gritó un anciano que acababa de detenerse, yendo hacia la iglesia.
Juan, no habiéndole oÃdo, no respondió.
—¡Eh! —repuso el buen hombre—. ¿Sois sordo? No os quedéis ahÃ, pues si os vieran, serÃa muy posible que oyeseis algo que no os gustarÃa.
—¡Eh! ¿Qué hacéis ahÃ, caballero? —le gritó un anciano.
Juan salió de las ruinas, entró en la plaza, y dirigiéndose a su interlocutor, le preguntó:
—¿Es a mà a quien habláis?
—SÃ, señor. Está prohibido entrar en ese sitio.
—¿Por qué?
—¡Porque es un lugar maldito!
—¡Maldito! —murmuró Juan.
Pero esto fue dicho en voz tan baja, que el anciano no pudo oÃrlo.
—¿Sois forastero, caballero?
—SÃ, —respondió Juan.
—¿Y sin duda hará muchos años que no habéis venido aqu�
—SÃ… muchos.