Familia sin nombre

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—Entonces no es extraño que no sepáis… Creedme… seguid mi consejo… No volváis a entrar allí.

—Pero… ¿por qué?

Porque basta que piséis esas cenizas para que quede empañada vuestra honra. ¡Ésa fue la casa del traidor…!

—¿Del traidor?

—¡Sí, de Simón Morgaz!

El desgraciado lo sabĂ­a bastante bien.

De la morada que había querido ver por última vez, y de donde su familia había sido echada doce años antes, que él creía existiera todavía, no quedaban más que algunos trozos de pared. La habían quemado, y la tradición la había infamado de tal modo, que nadie osaba acercarse a ella y ningún habitante de Chambly pasaba por delante de ella sin maldecirla. ¡Sí; doce años habían pasado, y allí, lo mismo que en las demás provincias canadienses, nada había podido disminuir el horror que inspiraba el nombre de Simón Morgaz!

Juan, con la vista inclinada al suelo, las manos temblorosas, se sentĂ­a desfallecer, y si no hubiera sido por la oscuridad; el anciano hubiera notado el rubor de la vergĂĽenza impreso en la cara del joven.

El anciano repuso:

—¿Sois canadiense?

—Sí, —contestó Juan.


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