Familia sin nombre
Familia sin nombre Allà adonde iba el joven a buscar recuerdos de su familia, no los hallaba más que de vergüenza.
El anciano, hablando, se habÃa alejado poco a poco de la casa maldita, y se dirigÃa hacia la iglesia. La campana acababa de lanzar sus últimas notas a través del espacio; el oficio iba a empezar, y algunos cantos se dejaban oÃr ya, interrumpidos por largos silencios.
El buen hombre dijo entonces:
—Voy a dejaros, caballero, como no sea que me acompañéis a la iglesia; si asà es, oiréis un sermón que producirá gran efecto en la parroquia.
—No puedo acompañaros, —respondió Juan—; tengo que estar en Laprairie al amanecer.
—En ese caso, no tenéis tiempo que perder, caballero; los caminos están seguros, porque de algún tiempo a esta parte los agentes de policÃa recorren dÃa y noche el condado de Montreal, persiguiendo a Juan Sin Nombre, que seguramente no cogerán, porque Dios es tan bueno que no nos negará esa gracia que le pide el paÃs entero, pues contamos con ese joven héroe, caballero, para libertar nuestra patria del yugo que la oprime. Si se pueden creer los rumores que corren, hallará aquà buenos patriotas prontos a seguirle.
—Lo mismo sucede en todos los condados, —respondió Juan.
—¡Aquà más que en ninguna parte, porque tenemos que borrar la mancha que nos ha dejado Simón Morgaz!