Familia sin nombre
Familia sin nombre Durante el trayecto de tres leguas que tenÃan que recorrer para llegar al cortijo, el señor de Vaudreuil se apresuró a advertir a su arrendador que estuviese alerta, porque la policÃa no debÃa ignorar que habÃa salido de la villa Montcalm con su hija, y que era muy posible que le vigilasen de un modo especial.
—Estaremos con cuidado, nuestro amo, —respondió Tomás Harcher—, en boca de quien esa locución nada tenÃa de servil.
—¿No habéis visto hasta ahora ninguna cara sospechosa en los alrededores de Chipogán?
—No; ni siquiera uno de esos canouaches[3]…; perdonad la palabra.
—Y vuestro hijo adoptivo, —preguntó Clary, ¿ha llegado ya al cortijo?
—TodavÃa no, señorita, y esto me causa cierta inquietud.
—¿No habéis tenido noticias de él, desde que se separó de sus compañeros en Laprairie?
Tomás Harcher les esperaba con un carruaje.
—Ninguna.
Y desde que el señor y la señorita de Vaudreuil estaban instalados en las dos habitaciones más hermosas del cortijo, nada se habÃa sabido del joven patriota.