Familia sin nombre
Familia sin nombre ¡Un salvaje! Así se llama todavía en el Canadá a los indios, hasta en los actos oficiales, como llaman también sauvageneses a sus mujeres, que, llevan el nombre de squaw en lengua iroquesa o hurona.
Aquel salvaje era un hurón de pura raza; esto se conocía en su cara imberbe, en sus salientes y cuadrados pómulos y en sus ojos pequeños y vivos. Su alta estatura, su mirada penetrante, el color de su piel y la disposición de su cabellera, formaban el tipo perfecto de los indígenas del Oeste de América.
Si bien es cierto que los indios han conservado las costumbres de las antiguas tribus, el hábito de aglomerarse en sus pueblos, una tenaz pretensión en reservarse ciertos privilegios que no les niega la autoridad, y una propensión natural a vivir apartados de las caras pálidas, lo es también que se han modernizado algún tanto, sobre todo en cuanto al vestido, y solamente en ciertas circunstancias es cuando visten todavía su traje de guerra.
El hurón que acababa de presentarse en la puerta del cortijo vestía, poco más o menos, según la moda canadiense, y pertenecía a la tribu de los Mahogannis, que ocupaba un pueblo de mil cuatrocientos a mil quinientos fuegos en el Norte del condado. Esta tribu, lo hemos dicho ya, tenía ciertas relaciones con el cortijero de Chipogán, que recibía siempre con mucha cordialidad a los que se presentaban en su casa.