Familia sin nombre

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Tomás, Catalina, sus hijos y sus nietos se precipitaron al encuentro del joven, que necesitó algún tiempo para responder a los agasajos de toda esa buena gente, tan feliz en volverle a ver. Los apretones de manos y los abrazos duraron más de cinco minutos.

Como la hora apremiaba, el señor de Vaudreuil, Clary y Juan no pudieron decirse más que unas cuantas palabras; pero puesto que habían de pasar tres días juntos en el cortijo, tendrían tiempo sobrado para hablar de sus negocios.

Tomás Harcher y su mujer tenían mucha prisa para ir a la iglesia, porque el señor cura había esperado ya bastante, y puesto que el padrino y la madrina estaban ya reunidos, no había que demorar la partida.

—¡En marcha, en marcha! —gritaba Catalina—, que iba de uno a otro, riñendo y mandando a la vez. Vamos, hijo mío, —dijo a Juan—, ofrece el brazo a la señorita Clary. ¿Y Tomás?

—¿En dónde está Tomás…? ¡Nunca acaba…! ¡Tomás…!

—¡Ya estoy aquí, mujer!

—¿Llevarás tú el niño?

—Está convenido.

—¡Cuidado con dejarle caer!

—¡No tengas miedo! He llevado ya veinticinco al señor cura; por consiguiente, tengo costumbre…


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