Familia sin nombre

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El señor de Vaudreuil, su hija y Juan, que marchaban al lado unos de otros, conversaban respecto al retraso que éste había sufrido para llegar al cortijo.

—Hemos sabido por Pedro, —dijo Clary—, que le habéis dejado para ir a visitar a Chambly y a las parroquias circunvecinas.

—Así es, en efecto, —respondió Juan.

—¿Llegáis directamente de ese punto?

—No; he tenido que ir al condado de San Jacinto, de donde no he podido volver tan pronto como hubiese querido, porque he tenido que dar un rodeo por la frontera…

—¿Los agentes habían acaso encontrado vuestras huellas? —preguntó el señor de Vaudreuil.

—Sí, —respondió Juan—; pero he podido, sin gran trabajo, hacérselas perder una vez más.

—Cada hora de vuestra vida encierra un peligro, —repuso la señorita de Vaudreuil; ni un solo instante vuestros amigos dejan de temblar por vos; desde que habéis dejado la villa Montcalm nuestras inquietudes han sido continuas.

—Ése es el motivo, —respondió Juan—, que me hace desear concluir cuanto antes con esta existencia que tengo que disputar sin cesar al enemigo, para obrar con él frente a frente.


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