Familia sin nombre

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Cuando la familia estuvo de vuelta en el cortijo, no tuvo más que sentarse para almorzar, pues todo estaba pronto, merced a las múltiples amonestaciones que Tomás Harcher había recibido de Catalina. El cortijero había tenido que ocuparse sucesivamente de la mesa, de la despensa, de la cueva y de la cocina; se entiende, con ayuda de sus hijos, que tuvieron su buena parte en los regaños maternos.

—¡Bueno es que se acostumbren! —solía decir Catalina.

—Cuando se casen sabrán lo que tienen que hacer.

—¡Excelente aprendizaje, en verdad!

Pero si tanto habían tenido que hacer para el almuerzo de aquel día, ¿qué sería para la comida del siguiente? Sería necesario poner una mesa para cien convidados, por lo menos, contando con los parientes y amigos del novio, y no olvidando tampoco al notario Nick y a su segundo pasante, que se esperaban para la firma del contrato.

Sería una boda sin igual, en la que Tomás pretendía rivalizar con el arrendador Camacho, de cervantesca memoria.


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