Familia sin nombre
Familia sin nombre Estos hurones ostentaban su traje de guerra, cosa que no hacen sino en ocasiones solemnes. Su cabeza iba adornada con plumas multicolores; sus largos y espesos cabellos flotaban sobre sus hombros, de los que caía el manto de lana de vivísimos colores; llevaban en el torso una casaca de piel de gamo, y los pies envueltos en cuero original; todos iban armados con esos largos fusiles que, desde hace muchos años, han reemplazado en las tribus indias al arco y la flecha de sus antepasados. Pero, sin embargo, el hacha tradicional, el tomahawkde guerra, pendía siempre de la correa de fibra de corteza de árbol que les ceñía la cintura.
Además, un detalle que acentuaba, todavía más la gravedad del asunto que los traía al cortijo de Chipogán, es que una capa de pintura fresca aún cubría su rostro. El azul, el negro de humo y el bermellón ponían un extraño relieve a su nariz aguileña, a su boca grande, adornada con dos filas de dientes encorvados y regulares, a sus pómulos salientes y cuadrados, a sus ojos pequeños y vivos, cuya negra órbita relucía como una brasa.