Familia sin nombre

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A esta comisión de la tribu se habían unido algunas mujeres de Walhatta, sin duda las más jóvenes y lindas entre las Mahogannis. Estas squaws llevaban un corpiño de tela bordada, cuyas mangas dejaban en descubierto el antebrazo; una falda de deslumbrantes colores y mitasses en cuero de caribú, guarnecidos de púas de erizo, y atadas en las piernas; y sus pies, cuya pequeñez hubiera podido envidiar una francesa, iban aprisionados en unos suaves mocasines, adornados con cuentas de vidrio de diferentes colores.

Estos indios habían doblado, si es posible, el aire de gravedad peculiar en ellos.

Avanzaron ceremoniosamente hasta el umbral de la sala en que se hallaban el señor y la señorita de Vaudreuil, el notario, Tomás y Catalina Harcher, mientras que los demás concurrentes se amontonaban en el patio.

Y entonces el que parecía jefe de esa tropa, un hurón de alta estatura, de unos cincuenta años de edad, teniendo en la mano una capa da fabricación indígena, dijo con voz grave al arrendador:

—¿Nicolás Sagamore está en el cortijo de Chipogán?

—Está, —respondió Tomás Harcher.

—¡Aquí estoy! —exclamó el notario, muy sorprendido por aquella visita hecha a su persona.


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