Familia sin nombre

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—Esas buenas gentes no insistirán en sus pretensiones cuando se convenzan de que no os apresuráis a ir al wigwam de los Mahogannis.

—¡Ah, qué poco los conocéis! —exclamaba el señor Nick—; ¡no insistir ellos! Pues son capaces de ir a buscarme en Montreal… harán demostraciones de que no podré escapar… sitiarán mi puerta… y ¿qué dirá mi vieja Dolly…? ¡Ya veréis cómo concluiré por pasearme con mocasines en los pies y con plumas en la cabeza!

Y el excelente notario, que ninguna gana tenía de reír, acababa por participar de la hilaridad de sus interlocutores.

Pero con su pasante sí que se ponía furioso; pues, por pura malicia, Lionel le trataba como si hubiese aceptado formalmente la sucesión del difunto hurón. Ya no le llamaba Sr. Nick, no le hablaba sino en tercera persona, usando el enfático lenguaje de los indios, y según conviene a todos los guerreros de las Praderas, le había dado a escoger entre los apodos de Cuerno de orinal o de Lagarto sutil, que bien valían los de halcón o Larga Carabina.


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