Familia sin nombre
Familia sin nombre A eso de las once de la mañana se formó en el patio del cortijo la comitiva que debía acompañar a los nuevos esposos a la iglesia, cosa bien digna de inspirar al joven poeta, si la musa de Lionel no le hubiese arrastrado en adelante a más altas poesías.
A la cabeza marchaban Bernardo Miquelon y Rosa Harcher, agarrada la una del dedo meñique del otro, ambos encantadores y radiantes de alegría. Detrás de éstos el señor y la señorita de Vaudreuil, al lado de Juan; después los parientes más próximos, padres, madres, hermanos, hermanas, y, por fin, el Sr. Nick y su pasante, escoltados por los miembros de la diputación hurona.
El notario no había podido sustraerse a ese honor, no faltándole, con gran pesar de Lionel, más que el traje indígena, lo pintarrajado del torso y los dibujos de la cara, para representar dignamente la raza de los Sagamores.
La ceremonia se verificó con toda la pompa correspondiente a la posición que la familia Harcher ocupaba en el país. Las campanas tocaron a vuelo, hubo mucho canto, mucho rezo, muchas detonaciones de armas de fuego, y en ese ruidoso concierto de tiros los hurones hicieron su parte con un a propósito y un conjunto tal, que hubieran merecido los aplausos de Nataniel Bumpoo, el célebre amigo de los mohicanos.