Familia sin nombre
Familia sin nombre En primer lugar, se sirvieron soperas llenas de hirviente sopa, que despedía gratísimo olor; después pescados fritos o cocidos cogidos en las aguas del San Lorenzo y de los lagos, truchas, salmones, anguilas, carpas, peces blancos, sábalos, touradis y maskinongis; patos, pichones, codornices, chochas, becadas, guisos de ardillas; después, como platos de más resistencia, pavos, gansos, avutardas, aves engordadas en el corral del cortijo, unas doradas en el vivo fuego de los asadores, otras nadando en un jugo sustancioso; detrás de esto, pasteles calientes rellenos con ostras, picadillo de carne adornado con grandes cebollas, piernas de carnero, lomos asados de jabalíes, sagamites de origen indígena, lonchas de gamo en parrillas, y, por último, dos maravillas de caza que debieran atraer al Canadá los golosos de ambos mundos, la lengua de bisonte, tan apreciada por los cazadores de las Praderas, y la joroba del susodicho rumiante, asada en su envoltorio natural y sazonada con plantas odoríferas. A todo esto hay que añadir las salseras llenas de relishs de veinte clases diferentes, verdaderas montañas de verduras y legumbres maduradas en los últimos días del verano indio; bollos de todas clases, y, sobre todo, buñuelos, en cuya hechura sobresalían las hijas de Catalina Harcher; frutas variadas cogidas en el jardín del cortijo, y, en fin, cien frascos de diferentes formas y tamaños llenos de sidra, cerveza y vino, sin contar el aguardiente, el ron y la ginebra, reservados para las libaciones de los postres.