Familia sin nombre

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La comida de boda tocaba a su término, y la alegría de los comensales, sobrexcitada por las libaciones de los postres, se propagaba en diversas formas. Felicitaciones para los recién casados partían de diferentes puntos de la mesa, produciendo un tumulto en extremo alegre, que dejaba oír de cuando en cuando estas exclamaciones:

—¡Honra y felicidad para los jóvenes esposos!

—¡Vivan Bernardo y Rosa Miquelon!

Y bebían también a la salud del señor y de la señorita de Vaudreuil, de Catalina y de Tomás Harcher.

El buen notario había aprovechado bien el festín; y si no pudo conservar la fría dignidad de un mahogannis, es porque esto era en absoluto contrario a su naturaleza franca y comunicativa. Es menester confesar que también los representantes de su tribu se habían despojado algún tanto de su aparatosa gravedad con la influencia de los manjares y del buen vino. Chocaban sus vasos, según las costumbres francesas, para vitorear a la familia Harcher, que los hospedaba en aquel día.

En ese momento, Lionel, que no podía estarse quieto, circulaba en derredor de la mesa dirigiendo un cumplido a cada uno de los invitados, y entonces se le ocurrió la idea de dirigirse al Sr. Nick, diciéndole con voz enfática:

—¿Nicolás Sagamore no pronunciará un discreto discurso en nombre de la tribu de los Mahogannis?


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