Familia sin nombre

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—No; os repito que no está. Jamás ha venido por aquí. Ni siquiera le conozco. Pero digo también que si hubiese venido a pedirme asilo, le hubiera recibido, y que si estuviera en mi casa, no le entregaría.

Rip no podía equivocarse respecto a las significativas demostraciones que acogieron la declaración de Tomás Harcher, pues bien se dejaba ver que éste se había hecho el intérprete de los sentimientos de todos los presentes, y que admitiendo que Juan Sin Nombre se hubiese refugiado en la alquería, ni uno sólo de los huéspedes hubiera sido bastante cobarde para hacerle traición.

Juan, siempre impasible, escuchaba.

El señor de Vaudreuil y Clary ni siquiera se atrevían a mirarle, por temor de atraer sobre él la atención de Rip.

—Tomás Harcher, —repuso éste—, no ignoráis, sin duda, que una proclama fechada en 3 de Septiembre de 1837 ofrece una prima de seis mil piastras para cualquiera que detenga o dé a conocer el retiro de Juan Sin Nombre.

—No lo ignoro, —respondió el cortijero—, ni nadie lo ignora en el Canadá; pero no se ha encontrado todavía un solo canadiense bastante miserable para cumplir tan odiosa traición, ni jamás se encontrará.

Rip no se inmutó.


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