Familia sin nombre

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—¡Cuidado, Tomás Harcher! —repuso Rip—. No os rebeléis en contra de la ley ni de la fuerza encargada de hacerla ejecutar. Agentes o voluntarios, tengo cincuenta hombres a mi disposición, y vuestra casa está cercada.

—¡Salid, salid!

Y este grito era unánime, a la par que amenazas directas a Rip.

—No saldré de aquí, —respondió éste—, sino después de haber reconocido la identidad de todas las personas que están presentes.

A una señal suya, los agentes agrupados en el patio se acercaron a la puerta, prontos a entrar en la sala, y por el hueco de las ventanas el señor de Vaudreuil y Clary veían a los voluntarios rodeando la casa.

En previsión de una inminente reyerta, los niños y las mujeres, menos la señorita de Vaudreuil y Catalina, acababan de retirarse a las inmediatas habitaciones.

Pedro Harcher, sus hermanos y sus amigos, habían alcanzado sus armas colgadas de la pared; pero, tan inferiores en número, ¿cómo podrían impedir que Rip cumpliera con el mandato que había recibido? El señor de Vaudreuil iba de una a otra ventana para cerciorarse de la posibilidad de que Juan pudiera escaparse por detrás del cortijo, atravesando el jardín; pero por este lado, como por los demás, la huida era de todo punto impracticable.


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