Familia sin nombre

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El señor de Vaudreuil en su retiro, y Clary en la villa Montcalm, tuvieron aviso de ello por dos esquelas cuya letra les era bien conocida; y lo mismo sucedió con Tomás Harcher y sus hijos, reunidos en Saint-Albans, ese pueblecillo americano en donde esperaban con impaciencia el tiempo oportuno para pasar otra vez la frontera.

El invierno se había iniciado ya con ese cambio brusco propio del clima del Norte de América. Las vastas llanuras no ofrecían ningún obstáculo a las ráfagas que llegaban de las regiones polares, y el Gulf-stream, yéndose hacia Europa, no les prestaba su agradable calor. Ninguna transición había habido entre los calores del estío y los fríos del período invernal. La lluvia caía sin cesar, a través de la cual se dejaba ver de vez en cuando algún rayo de sol, completamente desprovisto de calórico; en pocos días los árboles fueron despojados por completo de sus hojas, formando en el suelo una espesa alfombra, bien pronto cubierta por la nieve que invadiría todo el país canadiense.

Pero ni la fuerza de las borrascas ni la ruda temperatura de aquel clima eran suficientes para impedir a los patriotas alzarse a la primera señal.

En estas condiciones, para todos desfavorables, una colisión producida el 6 de Noviembre en Montreal puso frente a frente los dos bandos contrarios.


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