Familia sin nombre
Familia sin nombre El joven atravesó la plaza y se deslizó a lo largo de la pared de la calle más próxima.
Tiempo era ya de que desapareciese, porque apenas anduvo unos cuantos pasos, oyó resonar grandes clamores, al mismo tiempo que el suelo retumbaba bajo los cascos de los caballos.
Era el destacamento de caballería que volvía a San Carlos, pues antes de lanzarlo en persecución de los fugitivos, el teniente coronel Witherall le había dado orden de replegarse sobre la ciudad, designándole la iglesia para pernoctar en ella.
Un instante después, los jinetes se instalaron en la nave principal, tomando desde luego las convenientes precauciones en previsión de alguna nueva algarada; y no solamente se establecieron los soldados en el templo, sino que también los caballos fueron introducidos en él.
Inútil es reseñar las profanaciones a que se entregó aquella soldadesca desenfrenada en un edificio consagrado al culto católico.
Juan continuaba su marcha por la solitaria calle, deteniéndose de vez en cuando, presa del temor que le invadía, a medida que se acercaba a Casa Cerrada, de no hallar más que ruinas.