Familia sin nombre

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En aquel momento el herido, delirante, quiso incorporarse, y después se escaparon de sus labios estas palabras, que demostraban la angustia que estaba sufriendo:

—¡Clary…!, ¡sola… allá… en San Dionisio!

Bridget se levantó.

—¡San Dionisio! —repitió—. Allí es en donde ha dejado a su hija… ¿Lo oyes, Juan?

—¡Los realistas…! ¡En San Dionisio…! —repuso el herido.

¡No podrá escapar…! ¡Los miserables se vengarán en Clary de Vaudreuil…!

—¡Clary de Vaudreuil! —repitió Bridget.

Después, bajando la cabeza, añadió:

—¡El señor de Vaudreuil aquí!

—Pues bien, sí, el señor de Vaudreuil, —respondió Juan—; y puesto que él está en Casa Cerrada, es preciso que su hija venga también.

—¡Clary de Vaudreuil! —murmuró Bridget.

E inmóvil al lado de la cama en que gemía el herido, miraba a aquel patriota que había vertido su sangre por la causa da la independencia, el mismo que doce años antes estuvo a punto de pagar con su cabeza la traición de Simón Morgaz.


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