Familia sin nombre

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Eran los primeros fugitivos que llegaban a San Dionisio después de atravesar por medio del campo para no exponerse a malos encuentros en las carreteras. Entre ellos iban heridos, sostenidos por sus parientes o por sus amigos; pobres mujeres arrastrando consigo la familia que les quedaba, y también algunos patriotas que habían podido sustraerse al incendio y al degüello. Muchos de ellos debían de conocer a Bridget, y no queriendo que supieran que había salido de Casa Cerrada, se quedó acurrucada en su escondite hasta que pasaron los fugitivos de San Carlos.

Pero, durante aquellos instantes, ¿qué pensaría Clary oyendo los gritos de desesperación que lanzaban aquellas gentes?

Muchas horas hacía que esperaba noticias, bien fuera de su padre o de Juan, haciéndose la ilusión de que uno u otro se las traerían en persona, en el caso de que no decidieran marchar inmediatamente a Montreal, una vez alcanzada la nueva victoria; pero semejante ilusión no podía sostenerse. A través de aquella puerta que Clary no se atrevía a abrir, tristes gemidos llegaban hasta ella.

Los fugitivos, después de pasar por delante de la casa, siguieron el ribazo hasta que les fuera posible atravesar el río.

El camino estaba ya solitario, por más que se oyera aún lejano murmullo.


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