Familia sin nombre
Familia sin nombre Sin embargo, éste no era el motivo a que Juan obedecía, y sí el de no poder resolverse a abandonar a su madre ni al señor y señorita de Vaudreuil.
Tomada como irrevocable la resolución de quedarse allí, era preciso ver si la casa ofrecía algún escondite en donde sus amigos pudieran ocultarse en el caso de que los agentes de policía fuesen a registrar; pero el hijo de Bridget no tuvo tiempo para asegurarse de ello porque en aquel instante, rudos golpes, hicieron retumbar la puerta exterior.
El patio que la precedía estaba ocupado por media docena de polizontes.
—¡Abrid! —gritaban desde fuera, mientras que seguían llamando. Abrid, o echamos la puerta abajo…
Juan y Clary cerraron vivamente la habitación del señor de Vaudreuil, y entraron en la de Bridget desde donde podían oír mejor cuanto se dijera.
En el momento en que la pobre anciana avanzaba por el pasillo, la puerta de Casa Cerrada voló hecha pedazos, y el corredor quedó alumbrado por la luz de las antorchas que llevaban los agentes de Gilberto Argall.
—¿Qué queréis? —preguntó Bridget a uno de ellos:
—Registrar vuestra morada, —respondió aquel hombre—. Si Juan Sin Nombre se ha refugiado en ella, le apresaremos primero, y después quemaremos la casa.