Familia sin nombre

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Pero Lionel no lo entendía así. El joven poeta contaba con que su principal rompería definitivamente con las actas notariales de la plaza del Mercado del Buen Socorro, para perpetuar entre los hurones el nombre ilustre de los Sagamores.

A dos leguas de la granja de Chipogán, en el pueblo de Walhatta, era en donde el Sr. Nick se hallaba instalado hacía algunas semanas. Allí empezó una nueva vida para el plácido Notario; y no basta que lo oigamos, sino que hubiera sido preciso presenciar el entusiasmo que experimentó Lionel viendo la recepción que hicieron al descendiente de los grandes jefes los hombres, los ancianos, las mujeres y los niños de su tribu. Y en verdad que las salvas que acogieron al Sr. Nick, los homenajes que le rindieron, los enfáticos discursos que le fueron dirigidos y las manifestaciones que tuvo que dar en el lenguaje metafórico de la fraseología del Far-West, todo esto era muy propio para ensalzar la vanidad humana. Sin embargo, el excelente hombre se dolía en gran manera de haberse mezclado, aunque involuntariamente, en la refriega de Chipogán; y si bien Lionel prefería al olor del estudio y de los pergaminos, el de las praderas; si la elocuencia de los Mahogannis le parecía superior a la jerga notarial, el Sr. Nick no era de su parecer, resultando de esta disparidad de sentimientos continuas discusiones, muy a propósito para producir entre ellos serios disgustos y enemistad.


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