Familia sin nombre
Familia sin nombre El Sr. Nick estaba temeroso de que, exacerbándose cada vez más las pasiones políticas, los hurones hicieran causa común con los patriotas; pues en el caso de que Juan Sin Nombre llamase a los guerreros de su tribu para que le apoyasen, o de que Tomás Harcher viniese a reclamar su concurso en Walhatta, ¿podría él resistirse a prestar el auxilio reclamado? Y ya que estaba seriamente comprometido, ¿qué sucedería cuando marchase a la cabeza de sus súbditos para combatir la autoridad anglo-canadiense? ¿Cómo podría esperar volver a ejercer sus funciones de Notario en Montreal?
Los muchachos y muchachas de la tribu se apresuraban a servir al señor Nick.
Y sin embargo, se decía a sí mismo que como el tiempo arregla todas las cosas, habiendo pasado ya varias semanas desde la refriega de Chipogán, y como ésta se redujo a un sencillo acto de resistencia a la policía, era probable que la autoridad lo hubiera dado todo al olvido. Además, el movimiento insurreccional no había estallado todavía, y nada indicaba que fuese inminente; si la tranquilidad continuaba reinando en el Canadá, el Gobierno se mostraría tolerante y el Sr. Nick podría volver a Montreal.
Pero Lionel ansiaba que tal esperanza no se realizase.